Negar al otro, la otra y al amor

Negar al otro, la otra y al amor
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Era uno de esos esplendorosos mediodías de abril de cielo despejado, de sol calcinante y de brisa hipócrita que no enfriaba nada. Andaba en modo bobalicón: acababa de cumplir un año de casado y no cabía de la felicidad que alguien me aguantara tanto tiempo. Salí tarde de la oficina a almorzar y tocaba comer solo allá donde el estómago reparara. Entonces me acordé del restaurante en el que trabajaba una amiga chef.

La verdad que era un buen plan considerando que iba a hablar con la que prepara la comida. Ella me iba a contar de cómo se cocinaba el plato, yo se lo iba a piropear (porque cocina delicioso) y hablaríamos de la vida. De paso me pedía el especial del día que no era un Casado y volvía pura vida a trabajar.

El lugar de los hechos quedaba escondido en un centro comercial pequeño sobre la calle de Curridabat. El restaurante era una soda venida a más. Mesas y sillas de aluminio, decoración con acentos en rojo y ropa negra para el personal. Digamos que un look bien industrial.

Llegó como salido de olla de cocimiento lento. ¡un calor que partía el asfalto! Parqueo en el sol al poderoso Hiunday Elantra 1993 color negro arrepentido. El carro queda a la vista, por lo que las ventanas quedan abajo. Esta vez no me preparan al horno. Me bajo casi corriendo por el hambre y el calor abrasador. Veo a la amiga, saludo y, contra toda expectativa, llega la salonera.

Estaba la dueña del lugar y a la pobre chef la tenían clavada en la cocina. “¡Mala nota, pensé!”. En fin, resignación y dolor a sus familiares. Pido el especial del día que estaba de rechupete, hago amago de que voy a pedir la cuenta cuando sin mediar advertencia sale de la cocina una cara familiar sonriente de camanance a camanance.

“Ay, perdoná, es que ha estado de locos”. Apoya su plato de almuerzo en la mesa y así sin más le pega un sorbo enorme al fresco de sandía. ¡A comer!. “¡Qué rica estaba la comida!” y de ahí se deriva toda la explicación culinaria que motivó la receta y demás yerbas. La conversación promediaba la normalidad hablando de las parejas; cuando inesperadamente me mandan una pregunta sacada al voleo: “¿Qué te habías hecho? ¿Me dijeron los güilas (los de la oficina) que andabas de viaje?”

Y AHÍ LA FREGUÉ

“¡Diay de lo más bien! Pepiado de mi esposa, feliz con el casamiento. Esa emoción todavía no me baja y a mi familia le encantó la chubis.” En una fracción de segundo la cara amable, alegre y feliz, se vuelve nostálgica y me dice: “Cómo me gustaría poder tener eso a mí también”. Lento como soy para procesar me tomó un rato ubicarme en el contexto. Ella tiene una pareja que también es mujer, se aman, se quieren con locura pero no tienen derecho a casarse. No tienen derecho a la felicidad de festejar su amor. Ahí me quiero morir. No sé si llorar, sonreír hipócritamente o callarme de cuerpo entero.

Subido en mi ego, en mi propia felicidad, era incapaz de ver el anhelo de otra persona. Es decir, entendía la relación entre ellas, que a mis ojos eran un matrimonio y todo lo demás; pero ella en particular no se sentía completa en su relación. Ahí me di cuenta que tan hasta adentro había metido las de andar. “Perdoná, no se me ocurrió.” ¡No huevón! Me hubieran puesto a Waze con el mapa para encontrar a Luke Skywalker y seguiría estando perdidititico.

No había disculpa posible, solo la urgente necesidad de hacer silencio, escuchar y empatizar. Durante un rato largo hablamos de esos anhelos de casarse, de festejar el amor. Me imagino el banquete que tendría planeado para la ocasión. Una ocasión que no pudo ser, que se le ha negado año, tras año, tras año. Porque cada vez que se discute el matrimonio igualitario nos enfrentamos a esos perversos que se esconden detrás de la biblia gritando como si la verdad manara de esas hojas que cada cual interpreta a placer.

VOLVER CON EL RABO ENTRE LAS PATAS

El rato que prometía ser normalmente feliz, se convirtió en una enseñanza de vida de esas que marcan como hierro al rojo vivo. Pasé una tarde de perros divagando, ausente y meditabundo. Considerando que tengo déficit atencional sería como mi estado normal; pero era diferente. Había dolor, rabia y un profundo enojo conmigo mismo. Me sentía furioso de no haber sido capaz de entender que hay otras sensibilidades. Que mi matrimonio no tiene que ser igual al de otra persona, pero que esa persona tiene derecho a casarse amparada por el Estado, no por la religión.

Cuando llegué a la noche a casa, me senté a cenar con mi esposa y le conté. Estábamos aturdidos porque nos sentimos egoístas. Hablamos, nos lamentamos, nos solidarizamos, pero estábamos claros que con eso no alcanza.

Al día siguiente vi a la pareja de la cocinera del amor. Le conté, hablamos y descubrí que para ella era doblemente doloroso: no solo porque no podía casarse con las consecuencias legales que eso implica para las parejas; sino que estaba el dolor de no ver a su compañera feliz.

Pasaron los años y perdimos contacto. No supe mucho de ellas, ni de sus vicisitudes como pareja; pero siempre les deseé lo mejor.

SABER QUE SE PUEDE

Con el tiempo, un querido amigo que se fue a vivir a las Europas, recala en San José rumbo a Guanacaste de donde es su familia. Ante tan magna presencia nos reunimos los habitués de la U para verlo en una de esas noches gélidas a lo tico de diciembre. Iban y venían historias hasta que llegamos a su matrimonio y sus dos hijos. Se había casado en Inglaterra con un hombre al que ama profundamente. Después de algún tiempo de casados iban en su auto detrás de un autobús que llevaba un rótulo gigante promoviendo la adopción. Mientras el bus hacía una parada se preguntaron mutuamente si querían tener hijos, algo que hasta entonces no se habían puesto a pensar.

Hoy son dos padres amorosos. Desde hace más de diez años han criado a una pareja de hermanos que crecen sanos, rodeados de cariño, contenidos, protegidos y guiados para ser buenas personas. Los chicos saben idiomas, van a museos, viajan y tienen una vida que se la desearía cualquier muchacho de su edad. A mi me toca verlos crecer por Facebook, excepto cuando vienen y me hacen sentir un enano.

Nadie se pregunta qué habría sido de estos chicos si sus padres no tuvieran el derecho de adoptar, mucho menos de casarse. No afirmo tácitamente que los matrimonios entre personas del mismo sexo sean mejores o peores que los que se llevan a cabo entre mujeres y hombres; pero tampoco son la abominación que promueven las iglesias y la ignorancia retrógrada de alguna de su feligresía.

A MIS HIJOS LOS EDUCO YO, PARA LA MIERDA, PERO LOS EDUCO YO

Se ha puesto de moda una falsa “ideología de género” que es un adefesio conceptual que pretende invisibilizar al otro. Niega el derecho de la mujer a la igualdad, niega el derecho de las personas del mismo sexo a existir (olvidémonos de derechos) y niega la educación sexual. El eje central de este esquema de pensamiento es tomarse de la lucha de la equidad de géneros, para decir que esa es una excusa para promover el aborto: y ahí los fieles se alborotan llaman a Jesús, María y José que responden a través de pastores iluminados por una candela a punto de apagarse y el ciclo se retroalimenta.

No contentos con estas afirmaciones; las mujeres que buscan la igualdad son lesbianas que mueven una agenda oculta para volver al mundo gay. Obviamente, ante la amenaza de una explosión de plumas de dimensiones universales la defensa es que la homosexualidad es una enfermedad que se cura y que hay gente que no se deja curar.

Finalmente, y no por eso menos importante, dejar que en las escuelas se hable de sexo es peligroso porque los carajillos se pueden volver playos o lesbianas; o, peor aún, fornicar alegremente a espaldas de sus padres y luego abortar.

POR LA VIDA O POR EL MIEDO

Quizás sea por esto que la marcha del domingo organizada en conjunto por la iglesia católica y los “hermanos alejados” levantó tantas cejas. Fue un acto político a todas luces, contó con la presencia cobarde de varios candidatos a presidente y el protagonismo de los fundamentalistas religiosos. La marcha no fue a favor de la vida y en contra del aborto; fue en contra de una nueva sensibilidad que ha nacido en nuestra sociedad y que estas fuerzas conservadoras no pueden manejar.

Personalmente estoy en contra del aborto, pero yo no soy nadie para decirle a una mujer que cargue un bebé producto de una violación. Menos tengo autoridad para decirle a una niña de 10 años que se convierta en madre del hijo de su padre que la violó “porque ya estaba de corta”; cual racimo de banano. ¿Quién le va a decir a una chica asesinada por su pareja 20 años mayor que ella que porque “a mis hijos los educo yo” ella no tuvo la oportunidad de saber cómo evitar esa relación?

Si María, antes de recibir al Espíritu Santo dio su consentimiento diciéndole al Ángel: “Señor hágase en mí tu voluntad” ¿Cómo le vamos a negar a las niñas y a los niños el derecho a construir los recursos para decidir cuándo y con quién tener una relación?

Si tanto quieren a sus hijos ¿Por qué los dejan escuchar esas canciones de “Felices los 4” ó “A mí me gustan mayores”? Y cuando le festejan al bebé de dos años que hace el perreo, ¿También “lo educan los padres”?

NEGUEMOS AL OTRO

El otro es sujeto. Es decir, porta una subjetividad que le hace particular y diferente. Cuando niego al otro y a sus particularidades, niego su derecho a existir tal y como es. Decir que todo lo que hace el otro está mal y es un peligro, es una forma de aislarle y negar su existencia. Cuando se usa el lenguaje inclusivo para visibilizar a la mujer es necesario ridiculizarlo para no discutir el fondo del asunto: la feminidad es una identidad.

Negar el derecho del otro a casarse porque me opongo al aborto, además de estúpido y digno de un retardado emocional, es una forma de convertir en asesino o asesina a quien ama diferente. Los asesinos y asesinas no tienen derechos, deben ir presos, deben ser aislados de la sociedad.

Precisamente ese es el razonamiento que debemos evitar que triunfe. Porque defender a un feto no da derecho a negar el derecho a vivir libremente de quienes ya nacieron.

 

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Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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