¿Y si ganamos el Mundial?

¿Y si ganamos el Mundial?
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Primero que todo, un saludo a toda la afición

La Selección Mayor de Fútbol acaba de cerrar su gira más amarga a Europa con una goleada de antología en España y con una aparición menos que discreta en Hungría.

Para estas alturas, hace cuatro años, estábamos muertos del miedo porque el bombo de la suerte nos puso allá donde las probabilidades matemáticas nos daban cero. Me perdonan la autoreferencia, pero justo después del sorteo escribí: “Preocupación en Inglaterra, Italia y Uruguay: solo queda un campo para la siguiente fase”. La broma era la única manera de canalizar semejante susto ante el temor de lo que parecía inevitable.

Los partidos de fogueo auguraban lo peor. Pero después vinieron dos partidos de ensueño en el Mundial, un juego raro ante los ingleses, flojos ante los griegos por la expulsión de Duarte y los once colgados del tubo frente a Holanda hasta el fatídico desenlace en los penales.

Es cierto que ante España se jugó horrible. Es más, todavía no se sabe qué estaban jugando los muchachos. Esa vaina que les da por desorientarse, hacer que corren y ofuscarse cuando los marcan como los profesionales. Quizás les ayude a darse cuenta que la camiseta no juega y que, como decía Parmenio, “el fútbol sigue siendo un deporte de cabeza”.

Pero ¿Qué pasaría si ganamos el Mundial?

Es una pregunta tan válida como fantasiosa. Pero démosle viaje a la imaginación. Ganar el Mundial implica ganar al menos 7 partidos. Seguro vamos a jugar como los dioses, cambiando esquemas, rotando jugadores. Seríamos la sensación del fútbol mundial. Johnny Chaves de fijo consigue brete en el Atlético de Madrid.

Vendría el trineo de Colacho cargado de premios: EUA$30 millones por ser los mejores del mundo. Con semejante premio alcanza para que Cartago pague deudas y sea campeón en 2018. Los jugadores ticos se convertirían en la sensación del mercado de pases. Probablemente exportemos jugadores como sacos de café gourmé. De pronto la principal fuente de divisas serían las transferencias de las nuevas estrellas del firmamento futbolístico. Además, el turismo se dispararía hacia la estratosfera por la exposición del nombre del país y sus jugadores.

Así, el impuesto de salida financiaría gran parte del desarrollo del aeropuerto de Orotina. La lluvia turística provocaría un superávit fiscal por los impuestos que pagarían los extranjeros y el crecimiento de empresas asociadas a la actividad.

La estrella sobre el escudo de la Federación agregaría credibilidad al inversor extranjero. ¿Quién no invertiría en el país amante de la paz, de la naturaleza y campeón del Mundial? Hasta aquí llega Otto Guevara con sus afanes libertarios.

Cuando el referí habrá dicho que el mundial se acaba, que Costa Rica es campeón y que llegó la hora de desfilar por las medallas; seremos felices porque lo habremos ganado todo. De Gea habría sido víctima de Ureña y sus secuaces. Messi no habría podido con Yeltsin y el Pipo; y Neymar habría mordido el polvo frente a Celso y Keylor. Pero, peor le iría a Joachim Löw que no le alcanzarían los mocos en la final para sobrellevar el baile que le vamos a pegar de la mano del Capi.

Podría ser todavía mejor

Entonces los canales de televisión contarían las historias de superación de chicos que salieron de la pobreza y que ahora militan en clubes donde les pagan millones de euros al año. Seríamos algo así como un país productor de materia prima futbolística.

New Balance no podría pagar el patrocinio. Ahora marcas de verdad como Adidas o Nike querrían hacer el uniforme de la tricolor para el Mundial 2022. Por fin tendríamos diseños interesantes y que valdrían la pena, que crean tendencia mundial. Millones de camisetas se venderían, esos ingresos llegarían a Costa Rica y pagarían impuesto de renta.

Con la llegada de patrocinadores de primer nivel, el Macho podría hablar sin que le monten la pulpería después de cada partido. El panel de patrocinadores sería elegante y sobrio. Además le pondrían un coach de prensa como la gente y hablaría llano, pero profundo.

Ni qué decir de los nuevos fogueos y los ingresos que llegarían a la Federación ¡Más plata para Hacienda!

Como campeones del mundo podríamos imponer condiciones en los amistosos como que nos den un porcentaje de las vallas. Entonces promoveríamos el café de Costa Rica y así sacaríamos a Juan Valdéz del mercado. También promoveríamos al país como gran destino de inversiones y turismo creando un círculo virtuoso que redundaría en felicidad y prosperidad para toda la población.

Como los mejores del planeta iríamos a la Copa Confederaciones, estaríamos clasificados para el otro Mundial y usaríamos la fechas FIFA para codearnos entre los mejores.

No se vayan, que esto se pone bueno

Ante el ejemplo de “los muchachos” como tipos de éxito y de la Federación como “empresa responsable” nosotros mismos pagaríamos mejor los impuestos. Miles de empleados públicos darían la “milla extra” para ser los mejores trabajadores del país. Empresarios que antes evadían se sumarían a la “Caravana del Progreso” pagando inclusive hasta lo que debían.

El efecto psicológico sería increíble: millones de personas que se la creerían. Serían momentos de solidaridad, porque el país jugaría como equipo tratando de ser el mejor lugar del mundo para quienes viven en él. Se acabaría la desconfianza sobre negocios oscuros entre nosotros mismos, porque tendríamos la certeza de que todo el mundo jala parejo para adelante.

Los evasores de la Caja pagarían no porque les vayan a sacar la roja, sino porque estarían metiéndole un gol a la miseria.

La nueva ética costarricense dejaría sin chamba a Ottón Solis porque nuestra preocupación principal sería el beneficio colectivo, no tener compas que nos ayuden a hacer el gol con la mano.

Infraestructura nueva allí donde fuéramos. Nadie pensaría que hubo chorizo o sobrepagos como en casi todas las obras de hoy día, porque primero está mantener la imagen del país. Tampoco sospecharíamos de las “graciosas concesiones”.

Tercer Tiempo

Así, cuando todo haya terminado, cuando veamos el trofeo en una caravana multitudinaria desde el aeropuerto hasta la Basílica de Cartago y festejemos el triunfo de otros que llevan nuestros colores. Habremos sufrido por otros, dejado todo por otros, acabado el saldo del celular por otros en éxtasis sin nunca llegarnos a preguntar ¿Qué haríamos por ser nosotros los mejores para nosotros mismos? Sería como ganar el Mundial de la vida.

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Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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