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La arrogancia es muchas veces, cuando no siempre, una muestra inequívoca de inseguridad y temor. Exabrupto de lo más elemental de nuestra propia ignorancia, se yergue como modo de conducta visceral de aquel que se ha autoproclamado dueño de la verdad.

La historia está repleta de estos personajes y cada día aparece uno nuevo en nuestras vidas. Aunque muchas veces los hemos dado por superados a partir de las experiencias de la historia, sus comentarios maniqueos siempre encuentran terreno fértil en aquellas mentes sedientas de un mesías racionalista.

Antes, durante y después de la marcha del martes pasado la arrogancia salió a pasear vestida de engendro recordándonos los mejores tiempos del dominio nazi sobre los medios de comunicación.

Años de propaganda barata a favor del TLC encontraron un coro de voces que repitió consignas descalificadoras en contra de aquel que tuvo el descaro de manifestar públicamente su oposición al Tratado de Libre Comercio negociado con Estados Unidos.

Los agravios empezaron con la salida de Alunasa. Hubo quienes acusaron a los sindicatos de estar detrás de la salida de la empresa, otrora del Estado costarricense, ahora del Estado venezolano. Luego vinieron los que se quejaron porque los sindicatos no defendieron a los empleados de Alunasa, por supuesto sin recordar cómo cada vez que se va una maquila textil o de apuestas manejada por chinos, gringos o ticos, el gobierno se limita a decir que espera que le paguen las prestaciones.

Horas antes de la manifestación, una cuña de radio anónima en cadena de radio, advertía que la salida de Alunasa era porque no se había ratificado el TLC.

Haciendo gala del irrespeto más furibundo que la democracia ha visto jamás, el presidente de la Asamblea Legislativa desautorizó la marcha y dijo que sin importar cuánta gente llegaría la decisión estaba tomada. La figura es patética: Un empleado público desoyendo el mandato de sus patrones. Como diría nuestro Nobel “en un país serio debería renunciar”.

Durante la manifestación la preocupación de los medios no fue entender el contenido de la marcha y los discursos, sino ver qué torta se jalaban “los sindicalistas” para luego decir que la marcha no fue pacífica. Como de ha sido tradición “marcharon en paz”.

Luego vino la “evaluación” siempre basada en la forma y no en el fondo. La gente que habló a favor y los que acusaron a quienes se manifestaron de vagabundos y de buscar el retraso del país. Refuerzan entonces la tesis del gobierno de que todo está dicho, cosa que por demás no es cierto.

Al día siguiente La Nación nos hizo saber que 23 500 personas eran el equivalente a más de 50 mil. El Ministro de la Presidencia nuevamente descalificó el derecho a la opinión diversa y dijo que las cosas se tienen que discutir en la Asamblea, donde todos sabemos nada se discute.

Personajes oscuros salieron a dar la cara para decir que la manifestación, la forma abierta de una sociedad de comunicarse con sus gobernantes, ponía en peligro la institucionalidad del país.

En los programas de opinión de las radios hubo sorpresa en muchos de los conductores entregados al TLC. La gente despertó e inundó las centrales y hasta hubo acusaciones directas a los conductores para que se comportaran de forma neutral.

Luego aparecerían diputados libertarios diciendo que la gente no tiene derecho a manifestarse, solo a opinar diferente pero en sus conciencias. ¿Entonces para qué sirve la democracia?

Finalmente vino la imagen del jueves, una postal desesperada en la que los jefes de fracción que integran la mayoría de facto en la Asamblea decían que iban a votar el TLC sí o sí.

Al terminar la semana la arrogancia se llevó al Óscar a otra parte, porque no pudo soportar verse disminuido por gente que no se opone por oponer, sino que disiente y no está siendo tomada en cuenta.

Terminada la manifestación, la arrogancia se convirtió en silencio porque ya nadie teme a aquel que impone su verdad descalificando y ensuciando al opositor. Antes no escuchaba, ahora no quiere hablar.

Hoy la arrogancia tiene cara de desesperación y de eso nada bueno se puede esperar. Cuando el arrogante siente que ha perdido es capaz de patear el tablero y en términos de la institucionalidad eso equivale a volver mucho más atrás del 48.

Mientras entregaban los Óscares e Hollywood aquí había gente preparando una puesta en escena que se suponía anularía para siempre a la oposición al TLC. El show fue impresionante, los recursos increíbles, pero la historia empezó a dejar de ser creíble cuando la gente la comparó con la realidad… y como todas las películas malas, al final la de la arrogancia tuvo su Óscar, callado, pero lo tuvo.

Saúl Buzeta

Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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