El Olimpitico Reformador

Reforma del Estado
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La convocatoria del Presidente de la República a un conjunto de ciudadanos y ciudadanas a presentar propuestas de reforma del Estado y la Administración Pública ha sido sorpresiva. Que nadie dude de la necesidad urgente y de la relevancia histórica que tienen estas reformas. Como tampoco hemos de dudar de la presencia de algunos nombres de mucho peso y conocimiento sobre el tema.

No obstante, llama la atención que ante la trascendencia e importancia de este asunto, el Ejecutivo no haya construido un caso ante la opinión pública. Más aún, aparenta ser timorata la forma de asumir el liderazgo del que quizás sea su mayor legado. Usar el expediente de la “Comisión de Notables” para un problema harto complejo cuando menos da la impresión de ser un globo de ensayo. Y ese globo se infla con las sospechas que genera la falta de principios básicos sobre los cuales discutir. Así que no descartemos un Zepellin de papel quemándose porque su combustible es la especulación y no el desarrollo del país.

La discusión es política, no técnica

La composición de ambas comisiones parece querer equilibrar lo técnico y lo político. Sin embargo, si no hay claridad política desde el gobierno sobre el Estado que se quiere, la propuesta que salga generará más problemas que soluciones. La falta de un norte ideológico o principios mínimos que rijan la discusión es un indicio de que hay conciencia del problema, pero falta de ideas propias para resolverlo.

¿Qué tipo de Estado se quiere? ¿Cómo debería funcionar ese Estado? ¿A quiénes debe proteger? ¿Simplificar el Estado beneficia a toda la sociedad o a quienes ya tienen un Estado a su medida? ¿Se necesita un Estado con espalda o el ausente de los últimos 35 años? ¿Qué reglas mínimas deben regir la Administración Pública? Tener idea de qué principios ayudan a responder esas preguntas es lo mínimo para discutir seriamente el tema. No se trata de metafísica política, es el Estado que tendremos en las próximas tres o cuatro décadas y eso requiere de definiciones.

Pero el Ejecutivo decidió renunciar a esa responsabilidad. Quizás lo hizo por su vocación de licuadora ideológica, por incapacidad de dar un debate serio o por mero cálculo político. Pero esa evasión de responsabilidad lo ha mostrado más débil que humilde. Por imperiosas que sean estas reformas, nada exime al gobierno de no mostrar el liderazgo político e ideológico que necesita el país.

Hacer una reforma del Estado y sus instituciones de calado ocurre, por lo general, luego que una sociedad ha vivido eventos traumáticos y es necesario refundarla. Costa Rica ha tenido esos momentos traumáticos pero no ha habido una sociedad que acompañe la transformación política necesaria. Hoy, con el escenario político fragmentado y las finanzas públicas colapsadas la discusión es tan imperiosa como el liderazgo que la oriente.

Kevin Casas y la evasión de lo importante

La discusión derivada del nombramiento del exvicepresidente de la República Kevin es un distractor. Digamos que como para perder el tiempo es una conversación simpática; pero para tratar la importancia de lo que se viene no va.

Kevin Casas representa, muy a pesar de sus capacidades, el momento más amargo de la política reciente de nuestro país. Su nombre es la dialéctica entre el significante y el significado de lo peor que puede ser la política. El infame memorando del miedo pudo ser una chiquillada; pero se ejecutó al pie de la letra.

Don Kevin ha intentado expíar sus culpas muchas veces, pero la grieta abierta en el 2007 tardará muchos años en cerrar. Por eso, su condición de chivo expiatorio le acompañará por muchos años. Su figura polarizante impide evaluar a otros participantes cuya ideología y agenda influirán en el resultado de la propuesta. Igualmente, resucitar a Mario Redondo, que hasta hace dos semanas era un cadáver político es de una torpeza suprema.

La presencia de Margarita Bolaños y Roberto Salom busca traer algún equilibrio en la discusión de la reforma del Estado. A ellos les tocará remar en dulce de leche. Serán como Campbell entrando al minuto 75 a pelear un partido perdido: solos contra un muro ideológico. La ausencia de una verdadera izquierda, sindicatos, la sociedad civil que contribuyó con el triunfo de Alvarado y académicos de peso nos debe preocupar. Quizás sea el tipo de “unidad nacional” que alcanzó el actual presidente: A la izquierda del PAC está la pared, como si eso fuera un logro.

Es lo que le ofrezco, mi Rey.

Si bien es cierto no hay una reforma del Estado perfecta, la falta de una hoja de ruta clara que incluya principios ideológicos básicos y mecanismos para trascender al Olimpitico que nos propone el Ejecutivo; al menos debería ponernos a pensar sobre cómo un tema tan serio es abordado de forma tan sectaria. Aunque hay una burguesía triunfante desde los ochenta, su proyecto político económico está desfasado de la realidad del país. Tutelan ideológicamente el imaginario de la sociedad con la fantasía del Robinson Crusoe tecnológico como prototipo del éxito. Sin embargo, su modelo económico de exclusión laboral solo profundiza la desigualdad.

Ese divorcio entre burguesía y el resto de la sociedad deslegitima cualquier intento de reforma del Estado que no busque resolver la inequidad. Una economía paralizada después de años de transferencias de riqueza a un solo sector es el síntoma más claro que hay mucho más que reformar que el Estado. Ese es el engranaje que mueve lo demás.

Finalmente, sin importar el fuste de las propuestas que emanen de esas comisiones, tendrán que ir a morir a la Asamblea Legislativa. Y, allí; precisamente allí, donde la vanidad y la carencia de intelecto se encuentran, es donde las buenas intenciones mueren.

Nos queda claro que este tema es el más importante que se ha discutido en décadas en nuestro país. Significa la transformación de nuestra política, economía y sociedad para varias generaciones. Pero dar esa discusión desde un presunto consenso social representado en unos pocos escogidos con criterio de conveniencia es un saludo a la bandera.

 

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Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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