Huelga a la antigua

Una huelga a la antigua
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La huelga nacional convocada por los sindicatos del sector público desde el lunes pasado será un parte aguas en la política nacional. La salida de este entuerto será o un gobierno en ruinas corrido a la derecha, un sindicalismo deslegitimado o ambas. No hay más opciones.

Los sindicatos usaron todo su capital político en una sola acción: una huelga general e indefinida. Sin embargo, para llegar a ese punto no agotaron las etapas necesarias para crear conciencia sobre sus demandas. Además de tener motivos legítimos de reclamo, se debe haber intentado solucionar el problema. Luego vienen las advertencias, protestas breves, paros y, si no se logró corregir el desacuerdo, se va a huelga.

Es decir, hay una larga lista de acciones previas antes de poner el freno de mano. Sin embargo, desde el Primero de Mayo los sindicatos advirtieron de una huelga general. En esa marcha avisaron que tenían propuestas contra el plan fiscal, pero no precisaron nada. De ahí y hasta el 4 de agosto, no hicieron pública ninguna alternativa concreta excepto que “había que combatir el fraude fiscal”. Es como estar a favor de la felicidad ¡Nadie va a estar en contra!.

El sindicalismo tiene una responsabilidad política superior. No solo es un actor social necesario, es el contrapeso que requiere el sistema político para la puja redistributiva. Sin sindicatos la democracia no es posible. De ahí la importancia que los representantes de las y los trabajadores tengan propuestas superadoras.

¡A la calle!

Desde que asumió el presente gobierno puso el pie en el acelerador sobre el ajuste fiscal. El tema había sido harto discutido en campaña, pero el temor al califato evangélico relegó el debate.

Los primeros anuncios de la Ministra de Hacienda dirigidos a racionalizar el gasto público tocaron intereses laborales. Esta medida, inconsulta con los sindicatos, mostró el carácter pragmático (antes que progresista) del gobierno. Así se le confirmó a los sindicatos que había nueva administración y la gradería popular cambió de locatarios.

El gobierno escogió negociar separadamente con los actores políticos y económicos el plan fiscal. Bien o mal, es lo que hay. Cedió tanto y a tantos que las contradicciones no tardaron en aflorar y los sindicatos tomaron nota. Las organizaciones laborales se sentaron a negociar dos veces con el gobierno sin mayores logros que un “Ahí seguimos conversando”. Los sindicatos acusaron al gobierno de no querer entrarle a los evasores y el gobierno se quedó esperando una propuesta concreta.

Ante esa incapacidad mutua de diálogo los sindicatos se sintieron convidados a ir a la huelga. Es su destino manifiesto, su única razón de existir, su clímax existencial. La calle no es cualquier cosa. Es un espacio de convencimiento, de desgaste, de mostrar fuerza. Ninguna otra fuerza política puede meter 50 mil personas en una marcha en cuestión de una semana. Y a eso toda la clase política le teme.

Pero con la huelga no alcanza

Empleados públicos protestan contra el plan fiscalEsa forma añeja de hacer política parece haber tocado fondo. Escoger la confrontación directa contra el gobierno y sus pies de apoyo, dejando a la gente en el medio tiene más cara de suicidio político que de una acción que busca una negociación democrática de los impuestos. Ya no alcanza con marchar al ritmo del “Pueblo unido jamás será vencido” pensando en el opositor como enemigo.

Tomar la calle y paralizar los servicios demanda una ética y una disciplina a prueba de fuego. Hay cosas con las que no se jode. No solo porque revientan en la cara, sino porque dañan a quienes se dice se está defendiendo. La parálisis en una huelga demanda creatividad, ingenio y planificación. Bloquear calles ya de por si saturadas, afectar los servicios de salud a sabiendas de lo que debe esperar una persona para tener una cita o sabotear la distribución de hidrocarburos con la certeza de que a Recope le sobran enemigos; es de una torpeza que solo se puede explicar a partir de una visión cíclica de la realidad.

La costumbre de ganar la calle, para luego educar y así tener mayor base de apoyo fracasó. No solo porque no supieron crear las condiciones para el apoyo social, sino porque en una sociedad que “memetiza” la protesta los sindicatos fueron incapaces de articular un discurso para las redes digitales, no se diga para los medios tradicionales. Con la tumbacocos ya no alcanza.

Para terminar de decorar el queque, la exigencia de mínima es que se retire de la corriente legislativa el expediente del plan fiscal. A eso hay que agregarle que se quiere una mesa de negociación multisectorial. En medio de las urgencias económicas que enfrenta el país, esperan que el mundo se detenga para ver cómo arrancan pelo con sangre.

Muchachos, hay límites

Esta huelga ha sobrepasado todos los límites imaginables. La forma en que algunos medios han ocultado datos de la huelga y cómo han visibilizado aquello que afecta a los sindicatos o al gobierno, es una de las causas de la crispación. Además, el manejo del conflicto apuntando al desgaste por parte del gobierno lo ha alargado innecesariamente.

Sin embargo, la responsabilidad de iniciar una huelga a destiempo, arriesgando todo lo que se tiene y pidiendo como güila en navidad; es de los sindicatos. Los bloqueos a los hospitales, dejar a los chicos de las escuelas sin comer o sabotear la distribución de combustible, implica cruzar una línea roja gruesa del ancho de la Avenida Segunda. No ver eso, es carecer de disciplina y liderazgo sobre la militancia.

Como resultado de este movimiento debemos esperar un gobierno más corrido a la derecha y la reputación de los sindicatos venida a menos. Ni qué decir de la destrucción del valor simbólico de la huelga. O, peor aún, la confirmación de que la protesta social no sirve de nada. No queda más que la dirigencia se renueve y que el sindicalismo se replantee su accionar como sujeto social y político.

El tiempo terminó antes de empezar la huelga. Solo les queda sentarse a negociar fingiendo magnanimidad. Eso sí, pueden irse olvidando de la Ley de Empleo Público, porque ya no tienen argumentos ni dirigentes para discutirla.

Si este fin de semana tiene que servir de algo, es para que los dirigentes sindicales comprendan que el movimiento no agarró la tracción necesaria, que se quedó en lo que pudo ser y no fue; y que tienen que tener una respuesta inteligente para el lunes porque la economía, la paz social y la reputación de Costa Rica no aguanta más.

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Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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