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En 1719, Daniel Defoe regaló al capitalismo su mito fundacional: Robinson Crusoe. Es la historia de un náufrago armado con Biblia y mosquete. Él domestica una isla desierta. Para el liberalismo, fue la fantasía perfecta. El individuo absoluto no debe nada a nadie. La sociedad no existe. Solo existen el hombre, su propiedad y Dios.
En la novela, Robinson encuentra a un «salvaje». Lo bautiza «Viernes» por el día del encuentro. Crusoe le impone una identidad, un idioma y una religión. Lo «educa» y «civiliza». Así borró al sujeto para convertirlo en objeto. Es una forma romántica de esclavitud.
Una alianza económica y religiosa logró una hazaña devastadora. Nos convencieron de que somos una nación de Robinsones. Desmantelaron la idea de sociedad. Ahora somos un archipiélago de islas hostiles. Necesitar al otro es debilidad. La solidaridad es una estafa.
Hoy, cada «Viernes» quiere ser un Robinson. Buscan mostrar su éxito material en pantalla. Aspiran a una felicidad de objeto. Debemos mirar atrás, al momento en que rompimos el espejo donde nos mirábamos como iguales.
La ingeniería del egoísmo: El nacimiento del neoliberalismo
A mediados del siglo XX, recordábamos la «selva del mercado». Aquello nos llevó a la Gran Depresión y al fascismo. El New Deal no fue un capricho. Reconocía que nadie se salva solo, como en El Eternauta.
Pero en los años 50 se gestaba la contrarrevolución. Ayn Rand y Friedrich Hayek atacaron ese pacto social. Su premisa: el «colectivo» es enemigo del «yo».
Esta semilla floreció en los 80 con Reagan y Thatcher. Ellos convirtieron la crueldad en «sentido común». Dijeron que «la sociedad no existe». Instalaron una pregunta venenosa: «¿Por qué pagar por los fracasos ajenos?».
El éxito se midió por el consumo. Esto separó a los «exitosos» de los «fracasados». Así nació la noción de que «el pobre es pobre porque quiere». El mito de Crusoe se volvió política estatal. Si tu vecino se ahoga, es porque no nadó con fuerza. Nos volvimos «contribuyentes» paranoicos vigilando nuestra orilla.
La bendición del odio
El neoliberalismo necesitaba un alma moral para su avaricia. Aquí entraron los neopentecostales y la Teología de la Prosperidad. Adaptaron el cristianismo a Wall Street. La riqueza pasó a ser señal de bendición divina.
La pobreza se convirtió en síntoma de pecado o falta de fe. Fue la coartada perfecta. Ayudar al pobre era interferir con el juicio divino. Además, restauraron la jerarquía patriarcal de Crusoe. El hombre blanco volvía a ser Rey. Dios lo designaba para dominar la naturaleza y a las mujeres.
La invención de los nuevos «Viernes»
Quien desafíe al Capitán de la Isla es un enemigo. El «Viernes» moderno ya no es compañero. Ahora es un invasor.
Mujeres autónomas, migrantes y personas LGTBIQ+ son amenazas. Para el conservador, no buscan derechos. Buscan «robar» su isla. El hombre inseguro de sí mismo se siente víctima y eso lo legitima a agredir.
Lo trágico es que el sistema reclutó a sus propias víctimas. Según Steinbeck, el trabajador precario no se ve explotado. Se cree un «millonario temporalmente arruinado». Vota por el magnate que sueña ser. Desprecia a su propia clase. Asume su fracaso. No culpa al sistema, sino al inmigrante.
Se sumó el mito del emprendedurismo. Cualquiera puede «triunfar» haciendo lo que le gusta. Es la «uberización» de la vida. No hay derechos, solo algoritmos y riesgos. El trabajador cree que el fallo del sistema es culpa suya.
La venganza del Matón: El auge del autoritarismo
Esta frustración parió monstruos políticos. Nos sentimos solos en una isla que se hunde. El individuo asustado no busca democracia. Busca un padre castigador que ponga orden.
Votan por un vengador, pero eligen a un verdugo. Pierden derechos a cambio de un discurso incendiario.
Los ídolos actuales son hombres autoritarios. Trump, Putin, Orbán, Milei, Chaves, Bukele. Estos líderes son avatares de venganza. Son el «Super-Crusoe». Insultan, rompen reglas y nunca piden perdón. Votarlos da una fantasía de poder. Creen que la crueldad del líder los protegerá.
El fantasma del «Comunismo» como prisión
El triunfo final conservador fue lingüístico. Vaciaron la palabra «comunismo». Ahora es un arma contra la empatía.
«Comunismo» ya no es un sistema soviético. No trata sobre propiedad privada. Hoy, «comunista» es quien sugiere que no somos islas.
Defender la salud: comunista. Cuidar el planeta: comunista. Ver al otro como igual: comunista.
El «anticomunismo» moderno odia lo colectivo. Rechazan tener responsabilidades hacia los demás. Crearon este espantapájaros para frenar la solidaridad. Nos encierran con miedo. Vigilamos el horizonte armados, mientras sube la marea.
Porque solos, somos inevitablemente más débiles.
Nota: Este artículo contó con investigación hecha con Inteligencia Artificial. La ilustración fue hecha con IA.







