Otra vez el Polómetro

Otra vez el Polómetro
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Todos los años alguien, bajo de autoestima cultural, nos receta una versión “actualizada” de lo que significa ser polo. Es decir, una persona que podría ser el antónimo del esnob aculturado posmoderno.

El Polómetro llega por correo electrónico, en mil formatos y siempre en versiones diferentes que agregan (nunca quitan) características de lo que a ciencia cierta es ser un polo. Algunas versiones inclusive incluyen un puntaje de manera que el lector o lectora sepa si es un polo o pola de linaje.

Según la versión “mejorada” del escalafón de la miopía cultural, es polo aquel que coma pejibaye con mayonesa. Me pregunto ¿Será que la etiqueta internacional indica que el pejibaye debe ser comido con caviar, crema de queso con trufas o debe tragárselo seco “estrái”? ¿Acaso el o la ignorante que escribió eso no sabe el origen del pejibaye, la geografía, su historia, etc.?

Sépase que se convierte en delito de lesa cultura comer “Chop Suey en Zapote”. Perdón ¿Qué se debe comer en Zapote? ¿McDonald’s? Dentro de poco va a ser una polada tomar Imperial en Palmares porque lo apropiado será jumarse con Heineken o alguno de sus familiares.

No menos importante es el nombre de quienes nos rodean. En un país en el que los nombres tienen un propósito de asimilación cultural y de aspiración social queda sentenciado que cualquiera que porte en su cédula un nombre en inglés o raro es polo de nacimiento. ¡Qué va a ser Osama Bin Laden a la par de estos intolerantes!

Algo que define a un polo con claridad meridiana es su ignorancia del inglés. Pronunciar mal (o sin la respectiva papa atravesada en la garganta) es motivo de excomunión cultural y confinamiento en el infierno de los polos que, supongo, está decorado kistch.

Sin embargo, lo que más duele es que las manifestaciones de naturalidad y aquellas que son propias de nuestra cultura son las que hacen a una persona pola. Comprar en el mercado (no en el mall), desayunar pinto con huevo (no Mc Pinto), saludar a una cámara, indignarse por la muerte de Parmenio Medina, tener una vitrina de recuerdos de porcelana o comer flor de itabo es garantía de ser polo.

Es decir, ser tico es ser polo, ser genial es no ser lo que realmente somos.

TAMPOCO ES PARA TANTO

Estoy de acuerdo con que aquí se habla mal y se pronuncian algunas palabras de forma espantosa (¿Me cacta el concecto?), también que el gusto promedio nacional no es para exponerlo en el MOMA (¿Pero el de cuál país lo es?); seguro que la cocina nacional puede ser un poco chata (¿La comida rápida es un monumento a la salud y la innovación?) pero eso es lo que hay. No somos ni mejores ni peores que nadie, somos un país que tiene cosas maravillosas, cosas por mejorar y cosas que cambiar; pero nada de lo que sentirse avergonzado.

Es muy fácil hablar de la “nueva cocina costarricense” que se parece cada vez más a la insípida “típica cocina californiana”. Eso quiere decir que hay “una vieja cocina” y, en esta sociedad de consumo, todo lo viejo se bota.

Qué fácil es hablar de arquitectura costarricense cuando lo único que se hace es reproducir un modelo estético de los años 50 y 60 brutalmente aplicado a una geografía y a un clima al que no pertenece.

Me encanta escuchar cuando se habla con ligereza sobre lo atrasados que somos porque no nos globalizamos, porque el éxito es sinónimo de posesión de bienes y no el ser un mejor ser humano.

Quizás ser polo es ser costarricense. Quizás ser polo es ser lo que nunca hemos sido por tratar de parecernos a Miami. Probablemente ser polo es comer con cuchara un sushi con mayonesa. No se, pero lo cierto es que más vale ser polo sabiéndose feliz, que gente “in” que nunca dejará de ser adolescente, porque nunca encontrará a cuál grupo pertenecer.

Costa Rica es un país con muchos defectos, pero no son los del Polómetro, son los que aprietan “Forward”.

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Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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