El título no es mío, se lo robé a la diputada Rocío Alfaro que le tiró esa lápida al ego del presidente. La verdad, después de eso no queda mucho por aportar, excepto enfatizar en la debilidad emocional de un presidente que no tolera ni siquiera la crítica de una niña.

Un nuevo nivel de bajeza política

Mandar a los perros del PANI tras un candidato presidencial porque su hija expresó lo que siente y piensa es un nuevo nivel de bajeza.

Esta vez, llegó a profundidades que ni 10 bombas antibúnker, tiradas en el mismo lugar, llegarían.
Si bien es cierto, durante décadas, al o la presidenta de la República se la mancilló torpemente por parte de la prensa; no es menos cierto que esas personas supieron estar a la altura y, en su debido momento, darle un “estate quieto” a un periodista que se pasara de vueltas.

Destrucción de los controles democráticos

Sin embargo, Rodrigo Chaves ha destruido las formas democráticas.

No solo por su corrientada, sus exabruptos y permanentes yerros; sino porque en aras de hacer negocios extraños ha intentado destruir los mecanismos de control institucional.

Pero ahora, ese personaje de cristal que ejerce la presidencia nos demuestra que no tiene límites y que va tras cualquiera que lo critique, inclusive una niña.

No le bastó con ensuciar periodistas, empresarios, diputadas o a funcionarios públicos que se le pararon en seco.

No, ahora es una niña. Peor aún, la hija de un aspirante a la presidencia de la República. ¿De cuándo a acá un presidente puede decidir si un niño o niña puede opinar? Solo un dictador se atrevería a hacer semejante barbaridad.

Memorias del miedo: vivir en dictadura

De chico, me enseñaron a tener opinión política, inclusive viviendo en dictaduras. A los cuatro años uno sabía la diferencia entre el bien y el mal; y también a callarse la boca porque era peligrosísimo.

A inicios de los 70s mi papá y unos amigos caminaban hablando de política en Buenos Aires. Era la forma en la que él “pontificaba»: caminar para enseñar a pensar.

En eso, dan vuelta a la esquina y a media cuadra estaba un policía; el hijo de 4 años de uno de los amigos solo atinó a decir: “¡Tonamos! ¡La politía!”.

La frase en sí misma revela lo que significa vivir con temor al Estado, que las instituciones sean usadas en contra de quien piensa diferente.

Yo fui perdiendo ese miedo cuando nos exiliamos en Costa Rica. Aquí uno sentía algo que nunca había podido sentir: la libertad de decir lo que se piensa sin miedo a que le hagan daño.

Inclusive, a los 11 años una querida amiga, Beatriz Goldstein, nos invitó a un grupo de chicos a participar en un programa de tele que se llamaba la Tortuga Violeta. Allí nos sentábamos a conversar de temas que nos inquietaban.

Llegaban quejas a Canal 7 diciendo que nosotros éramos manipulados o que no teníamos esas ideas.

El clímax fue cuando vino una chica que escribió criticándonos y diciendo que nos decían lo que teníamos qué decir. Finalmente, se quedó porque se dio cuenta que decíamos lo que creíamos y que ella también podía hacer lo mismo.

Psicología del ego frágil: agresividad no es fortaleza

Es un error común confundir la agresividad con la fortaleza.

En la actual administración, se ha cultivado una narrativa donde levantar la voz, golpear la mesa y señalar con el dedo son sinónimos de “valentía».

Pero bajo la lupa del análisis político —y psicológico—, este patrón revela exactamente lo contrario. Un líder seguro de su gestión y de su mandato no necesita dinamitar puentes ante el primer cuestionamiento.

La agresión sistemática hacia la prensa, la Contraloría, el Poder Judicial y la oposición no es una muestra de poder; es un síntoma de una hipersensibilidad defensiva.

El concepto es conocido en la psicología como «ego frágil». A diferencia de un ego fuerte, que posee la resiliencia para procesar la crítica y negociar, el ego frágil percibe cualquier desacuerdo como una amenaza existencial.

No existe el «adversario político», solo el «enemigo». Y al enemigo no se le convence; se le destruye.

Las consecuencias para la ciudadanía

Esta traducción del ego a la agresión tiene consecuencias tangibles para la ciudadanía costarricense.

Por un lado, la polarización que divide a las personas entre «buenas» (quienes aplauden) y «malas» (quienes cuestionan), y protege al presidente de cristal del escrutinio.

Si la crítica viene de un «traidor» o de la «prensa canalla», no necesita ser respondida con datos, sino descartada con burlas para evitar el razonamiento político.

Después, el desgaste institucional producto de un ego que no tolera límites legales (como ese chiquito que no acepta que otros no jueguen como él quiere) o técnicos.

La Contraloría, la Sala Cuarta o el Tribunal Supremo de Elecciones se convierten en blancos de ataque para deslegitimar operaciones oscuras. El objetivo final es convencer a la gente que se vive en un país de mierda y hay que cambiarlo.

La agresión verbal constante erosiona la legitimidad de estos pilares democráticos, sugiriendo peligrosamente que la voluntad de un hombre debería estar por encima de la ley.

Finalmente, gobernar se convierte en gestionar el odio y el conflicto.

Cuando la prioridad es proteger la autoimagen del líder, el conflicto se vuelve la herramienta predilecta.

Se invierte más energía en la «bronca» de la semana que en la solución técnica de problemas estructurales como la inseguridad o la educación. El espectáculo de la confrontación disimula la falta de resultados.

La construcción de la dictadura perfecta

Hoy, cuando tenemos un presidente cuya epidermis de cristal no le permite aceptar la más elemental de las críticas, debemos estar muy preocupados por la dictadura perfecta que se está construyendo.

Pilar Cisneros, Rodrigo Chaves y Laura Fernández representan lo peor que puede arrojar la política.

Mientras los dos primeros se dedican a ensuciar las instituciones, la segunda hace el papel de inmaculada sin carácter.

Si ganaran, se van a llevar todo puesto y la corrupción que hemos vivido hasta ahora, se convertirá en una máquina de miedo, opresión y robo de la que nos tomará muchos años y quizás sangre poder liberarnos.

Estos personajes de cristal son muy peligrosos. Les molesta que les recuerden que fueron becados, que tienen un amante en Guanacaste o que han sido señalados por acosar mujeres.

Ese patrón de atacar al que se cree débil, es del déspota, del aspirante a dictador. De aquel que cree que todo lo que hace, por corrupto que sea, es necesariamente correcto.

Vaya entonces mi mensaje de admiración a esa niña valiente que ve en peligro su libertad de pensar y expresarse; y nos advierte que lo peor está por venir.

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Saúl Buzeta

Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.