Transformar la universidad

Transformar la universidad
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Discurso pronunciado en la graduación de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica de 1993.

Quisiera empezar estas palabras con un agradecimiento al Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Costa Rica por permitirme tener el privilegio de hablar antes ustedes en esta graduación. A mi compañero y amigo, Edgar Sánchez, electo con los votos de los y las estudiantes y cuestionado por la inmadurez, la mediocridad y la estupidez del esclavo político que cree ver en los intereses de su amo los suyos, mi sincero agradecimiento.

A continuación, me permitiré hacer algunas observaciones sobre la realidad universitaria y la nuestra, con el afán de construir una universidad pluralista, democrática y libre. Hablo de la Universidad de Costa Rica, no de la universidad de la casta burocrática y pequeños burgueses, en la que la han convertido un puñado de tecnócratas iluminados por la oscura llama del mercado.

Durante los últimos años en la Universidad de Costa Rica se ha consolidado un proceso de elitización por el que muchos compañeros y compañeras han tenido que abandonar las aulas.

Una de las características de este proceso han sido los constantes aumentos en la matrícula. En 1985 la carga académica de doce créditos costaba cerca de 2.700 colones. Hoy en día un solo crédito cuesta 2.400 colones. Esto sin que se variaran mayormente los criterios para asignar las becas. Recién este año se empezará a estudiar seriamente la situación.

Junto con el aumento en la matrícula se ha venido produciendo una reducción en la cantidad de personas con beca once, por lo que muchos compañeros y compañeras han dejado de recibir una ayuda importante para poder cubrir una serie de necesidades mínimas propias de la vida estudiantil como alimento, vivienda, fotocopias, cuadernos, lápices, etc. Se suma a lo anterior el desvío de fondos de bienestar estudiantil para financiar otras actividades de la universidad.

Otro factor que incide en el abandono de la Universidad de Costa Rica por parte del estudiantado es el de la población flotante. Gran cantidad de compañeras y compañeros que, a pesar de haber aprobado una serie de cursos necesarios para entrar a una disciplina académica, no pueden ingresar pues el promedio de admisión a carrera es sumamente alto y es fijado con criterios económicos relacionados con limitaciones presupuestarias y no con criterios académicos. Junto a estos y estas estudiantes están quienes son víctimas de los llamados cursos coladero cuya promoción responde a los mismos criterios que la admisión.

Se suma a lo anterior el detrimento en la calidad académica debido a la gran cantidad de profesores y profesoras en régimen interino, y a que existen profesores y profesoras que no se actualizan, ni se preparan adecuadamente para desarrollar sus clases. La excelencia académica no es solamente buenas notas, implica condiciones materiales y laborales para que el profesorado y el estudiantado puedan actualizarse y prepararse adecuadamente para las clases.

Existe un elemento que ilustra, de alguna manera, lo que acabo de decir, según se planteó en la Comisión de Vida Estudiantil del Quinto Congreso Universitario de 1990. En 1970 para la confección del examen de admisión se rechazaban algunas preguntas que eran consideradas fáciles; hoy, esas mismas preguntas son rechazadas porque se las considera difíciles de contestar. Para 1985 el promedio de admisión a la Universidad cerró en 66%; este año los y las aspirantes debían obtener una calificación mínima aproximada al 50%.

Lo anterior demuestra que lo que importa es que entre a las aulas una cierta cantidad de estudiantes con capacidad de pago y no quienes quieran y puedan demostrar, en igualdad de condiciones, que merecen la oportunidad de formarse académicamente.

A esta Institución se le olvidó hace tiempo que existen familias que deben optar entre el estudio de sus hijos e hijas o enviarlos a trabajar para ayudar a la subsistencia diaria. La burocracia de esta universidad, como casta dirigente, preocupada por la inmediatez de su posición socioeconómica, se ha olvidado que está aquí para dar oportunidades de educación a quienes le pagan sus sueldos labrando la tierra, manejando un autobús, levantando paredes de casas, haciendo oficios domésticos o bien atendiendo sus propios negocios en jornadas de doce o dieciséis horas. El olvido ha llegado a tanto, que se hizo necesario que se pegara un cartel de color azul en el que se recuerda a quienes trabajan aquí que somos su razón de existencia. Algo parecido a los carteles que se pueden pegar en cualquier bar sobre la importancia del cliente, Asusta saber cómo compañeras y compañeros que deben recibir una ayuda mínima para poder concluir sus estudios, deben ir de oficina en oficina rogando que se les libere el cheque que fue retenido en atención a procedimientos administrativos propios de la Edad Media y no de una universidad con una verdadera vocación democrática, que ve en la asistencia económica no una ayuda, sino las oportunidades que se le deben dar a cualquier persona para formarse como profesional.

Durante muchos años vimos a profesoras y profesores de esta facultad señalando a los y las estudiantes como un monumento a la inconsciencia social, como los precursores de su propia ruina, como los actores de la ofensiva reaccionaria, incapaces de alzarse en contra de la opresión. Son estas mismas personas, con sus muy claras excepciones, a quienes hay que celebrarles el 24 de abril, día en que se conmemora la lucha estudiantil contra el contrato ley que daría grandes privilegios a la compañía norteamericana de aluminios ALCOA. Si no se hace esta celebración ellos y ellas se ofenden. Sin embargo, no están presentes en las actividades de conmemoración. Son las mismas y mismos que no tienen la capacidad de recordar su propia gesta, porque quizá se les olvidó en el avión, rumbo a París en donde recibirían la beca producto de sus años de militancia política y de su excelencia académica. Son estas mismas personas, la generación de ALCOA, la que hoy dirige la Universidad, la que la elitiza, la que la vuelve más mediocre negando recursos para libros, equipos técnicos, mejores sueldos para profesores y profesoras e instalaciones físicas. Son los revoltosos y revoltosas de los setenta los y las que hoy, en lugar de tirarse a la calle con nosotros y nosotras, firman acuerdos con el gobierno a las tres de la mañana y los ratifican en Asamblea Colegiada Representativa, en clara contradicción con los intereses de las instituciones de Educación Superior.

Es esa misma generación, que se enfrentó a los medios de comunicación en defensa de la autonomía universitaria, la que permite que se atente contra la libertad de cátedra prohibiendo un Curso Libre, en vez de instar al diálogo sobre el tema. Es la misma que se aterroriza cada vez que un columnista, ajeno a la realidad universitaria, escribe sobre la venta de cerveza en el campus.

Sin duda, de esta generación quedan elementos valiosos que nos han enseñado con su ejemplo y en las aulas, que la academia se defiende en todas partes y a toda hora y no en los discursos de graduación o por más presupuesto.

Nos ha tocado convivir con quienes cuestionan nuestra decisión de estudiar una ciencia social que, en términos generales, parece no dar posición social o potencial económico como lo hacen el derecho, la medicina, la ingeniería o la administración de empresas, ala sido nuestra generación a la que se la ha marcado a fuego con consignas vacías como los que pregonan las bondades de la empresa privada, el canibalismo individual y el mercado. Hemos padecido la represión ideológica y el señalamiento implacable de “comunista” o “marihuano”, cuando en pleno ejercicio de la inteligencia cuestionamos elementos de la realidad que los consideramos fuera de lugar con base en nuestras legítimas aspiraciones e ideales.

En un contexto de crisis a nivel mundial, cuando había voces que en Centroamérica llamaban a la guerra de la que deberíamos ser carne de cañón, cuando el llamado a la superficialidad inundaba la conciencia gracias al comercialismo, donde la formación en el colegio hacía gala de las más sutiles formas de castración intelectual, cuando nuestros anhelos son confundidos por las técnicas de mercadeo que los comparan con una hamburguesa, o cuando se nos prepara académicamente y se nos larga a un mundo sin posibilidades laborales, en clara contraposición al sueño de la clase media de ver a la Universidad como posibilidad de ascenso social ¿quién puede arrojarnos la primera piedra?

Lo anterior nos define en forma particular. Nos da un contenido como generación. Radica en la definición que hagamos de lo que somos, nuestra posibilidad de moldear lo que nos rodea en función de nuestros anhelos y deseos, para poder así conformar una sociedad que responda más a lo que sentirnos y pensamos, que a lo que piensan y sienten los estudiantes de hace veinte años.

Mientras pasamos por las aulas, grandes cambios se han venido produciendo en todo el mundo y en nuestro país. Cambios que se nos presentan corno la simple victoria de un sistema sobre otro. Cambios que imponen un nuevo orden basado en el mercado. Cambios que nos hablan de la nueva injusticia por venir.

Con la caída del Muro de Berlín se agregaron más piedras al muro de la ignorancia que separa a los triunfadores del mercado y a las víctimas necesarias para que haya triunfadores. Ese muro de la ignorancia tiene bases sólidas cuando la educación se vuelve un problema de clases sociales y no una solución a las necesidades concretas de las personas. La educación permite a las personas disponer del conocimiento necesario para desarrollar habilidades, conocer y definir sus propias necesidades, y plantear alternativas para una vida más plena. Por eso, quien controle el acceso a la educación, controla la autonomía de las personas para definirse como seres humanos y cambia su esencia transformándonos en recursos humanos.

Sería terrible que la Universidad siguiera cerrando sus puertas a quienes no han triunfado en el mercado, porque es allí donde la universidad se acomoda dentro de la lógica de injusticia que impulsa al sistema. Es horrible pensar en la posibilidad de que se aumente la matrícula corno jugada política y económica que permita asegurar la subsistencia de una casta dirigente, que en su momento fue el mesías de las clases desposeídas inspirado por el evangelio marxista.

Quienes optamos por la ciencia social hemos oído cómo se nos inculca un carácter mesiánico y liberador para las clases oprimidas. Se nos señala como conciencia lúcida de la sociedad. Sin embargo, no puede ser conciencia lúcida de una sociedad aquella conciencia que no se ha percatado de su carácter de oprimida. No puede ser una conciencia lúcida quien no ve en la mujer que trabaja simultáneamente en el hogar, en la fábrica, en el campo o en la oficina, una víctima de las desigualdades que impulsa el mercado. ¿Cómo ser portadores de la libertad si ni siquiera distinguimos en nosotros y nosotras a personas que no se les permite ser sujetos de su propia historia?

Si no alcanzarnos a ver el racismo que nos separa entre iguales, si no reconocemos en quien no tiene para comer a una persona con las mismas necesidades que las nuestras, ¿Cómo podemos proclamarnos portadores y portadoras de la solución a la injusticia?

Nuestro primer trabajo ha de ser con nosotros mismos. Hemos de distinguir en nuestro interior a la víctima de la desigualdad, y al victimario que obtiene ventajas de ésta.

Reconociendo esto empezaremos a vivir en sociedad. Después haremos ciencia social.

Un buen lugar para empezar es la universidad. Transformar la universidad implica que por primera vez la institución se desprenda del patrón de desarrollo que está de moda y se identifique con quienes han sido excluidos y excluidas de este patrón. Hablo de una institución volcada a una educación humanista que permita a los individuos verse como sujetos de necesidades que han sido definidas por ellos mismos y no por los comerciales de televisión.

Hablo de la universidad solidaria, que reconociendo en sí a un victimario y a una víctima, permite a los y a las demás el acceso al conocimiento que da lugar al desarrollo de la libertad de conciencia. Algo tan difícil en estos tiempo en los que la conciencia es deformada por los medios de comunicación masiva.

Al tener conciencia de nuestra condición tendremos la oportunidad de devolver a la sociedad el privilegio que nos ha otorgado al subvencionar nuestra formación profesional, pues podremos interpretar las cosas desde la perspectiva humana, desde la perspectiva de quien es oprimido u oprimida. Si nos quedamos en el mesianismo, nos quedaremos encerrados en la fantasía de los seres perfectos capaces de transformar la sociedad.

Quedarnos ahí significa frustrarnos. Porque con el tiempo nos daremos cuenta que nadie es dueño del futuro de nadie, y por tanto nosotras y nosotros no somos dueños y dueñas del futuro de la sociedad. Somos parte de él. Adolfo Suárez, político español, durante ¡a redacción de la constitución española vigente y en alabanza a la democracia representativa, donde unos pocos saben lo que quiere todo un pueblo, expresó: “El futuro no está escrito, porque sólo el pueblo puede escribirlo”. En realidad estas palabras deben ser invertidas para dar sentido a lo que ha venido ocurriendo y cómo el mercado ha venido destruyendo la democracia: “El futuro no está escrito, porque al pueblo no lo han dejado escribirlo”.

Para finalizar deseo extender mi más sincera felicitación a los compañeros y compañeras que se gradúan y que reciben así el reconocimiento por tantos años de esfuerzo. Creo que el día de hoy permite condensar en un solo momento un pensamiento que anda flotando en el aire henchido de orgullo y admiración: valió la pena.

Reciban los mejores deseos de parte de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Costa Rica.

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Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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