Hoy, 19 de julio, 39 años después de la caída de Somoza, Nicaragua ha sido traicionada una vez más, y una vez más su gente se levanta para decir ¡basta!
Robarle la esperanza a un pueblo no es revolucionario.
Rodearse de escoltas que trotan al lado del carruaje del faraón no es socialista. Como tampoco es revolucionario convertirse en plutócrata permitiendo la explotación de la gente a cambio de regalías.
Hace mucho que dejó de ser antiimperialista ser corrupto. Ya nadie se come el cuento del que acusa lo hace a nombre del imperio. Mucho menos cuando se han robado elecciones y han travestido todas las instituciones políticas del país.
¿Dónde está el progresismo cuando se reprime al pueblo que se dice amar? ¿Cuál es el carácter socialista de un proyecto político que no para de generar migrantes?
Nicaragua ha sido traicionada ya tantas veces que no vale la pena contarlas. Pero ninguna traición duele más que aquella que se hace en nombre de la justicia social. En medio de la guerra se robaron lo que pudieron, mientras muchos defendíamos un proyecto emancipador.
Ahora, cuando no teníamos esperanzas de nada, se robaron lo que quedaba de decencia.
No dejaron títere con cabeza
Fue asquerosa la forma en que limpiaron el Congreso para quedarse sin oposición. La elección de un partido único es la versión estúpida de un estalinismo tropical con aires de monarquía. Crear un fraude de la ley sabiendo que se tiene un «Órgano Electoral» a la medida, no es de progres.
Si darle salud y educación al pueblo es un logro revolucionario, el neoliberalismo entonces es comunista. Porque mientras la pobreza no se transforme en dignidad, la palabra revolución vale lo mismo que nada. Han robado tanto, que se cargaron la noción de amor. Lo hicieron para darle esperanza al pueblo al que le robaron sus recursos.
El Matrimonio Comandante no ha reparado en pragmatismos: se casó con una Iglesia cómplice que hoy se declara escandalizada. Perdonó a un expresidente corrupto para no sentirse solo al tiempo que dejaron claro que la impunidad es su norte moral. Su colusión con los intereses empresariales dejó en claro que antes que antiimperialistas, eran mercaderes de la esperanza.
Y por supuesto, recurrieron una vez más al expediente del Río San Juan y al enemigo costarricense que tanto mal les hace queriéndoles robar el río, el mar y… ¡Guanacaste! Todo para poder gritar ¡Viva Nicaragua! mientras hacen que las miradas se alejen de sus canalladas. De hecho, no hubo vecino que no tuviera problemas con los chicos excéntricos de la calle.
A otra parte con el antiimperialismo
El cuentito de que son agredidos por el Imperio por enésima vez ya no va. La gente no salió a las calles por operaciones de redes sociales. Tampoco lo hicieron empujados por una campaña urdida en el Departamento de Estado. No. Están en la calle porque se cansaron, porque se asquearon, porque quieren ser tratadas como personas y no como propiedad de un feudo.
Y siguen protestando a pesar de las balas, del bloqueo a Internet en barrios pobres y de haber vuelto a la policía en contra de su propia gente. Por eso hoy reprimen a mansalva, porque tienen miedo de ser tan vulnerables como aquellos a los que les chupan la sangre.
Después de todo lo que han hecho es una ofensa que en el mismo comunicado del Foro de San Pablo estén junto al nombre de Lula. Insulta que se arrojen el derecho de celebrar el 19 de julio como si hubieran dejado algo para celebrar.
Dejen de ensuciar a la izquierda con su existencia, con su falso sentido de pertenencia, con su causa espúrea. Las luchas por dignificar a las sociedades necesitan de gente digna, que sea ejemplo de consecuencia y no de sicarios que se postran frente a un altar antes de mandar a matar su pueblo.