Vivir en superlativo

Vivir en superlativo
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Desde hace algún tiempo para acá algunas personas, particularmente, las más jóvenes han encontrado en la palabra “demasiado” el adjetivo que rima con absolutamente todo, pero que a la vez no dice nada. Su uso impune e indiscriminado sirve para que lo más ordinario sea considerado algo verdaderamente extraordinario.

El uso de las hipérboles dentro de la ideología del “tener más para ser más” forma parte de un código en el que lo superlativo y lo grandioso son la manifestación de una forma de vida intensa y maravillosa que se equipara a las películas norteamericanas o las series de televisión.

Frases hechas, cortas y asociadas al lenguaje no verbal son la forma breve e intensa (cuál eyaculación precoz) por la que se tiende a comunicar las emociones como si fueran comerciales de televisión o diálogos impactantes en 35 milímetros y en technicolor.

“Demasiado” es la última manifestación de ese estilo de comunicación pobre en palabras, vacío en emociones y cargado de falsas pretensiones. Estos diálogos prefabricados e inocuos tienen un montón de partículas exóticas que sorprenden a quienes hemos llegado a armar un vocabulario de más de cien palabras (aunque no lo usemos tan bien como quisiéramos).

“Demasiado” se usa para lo que venga. Lo importante es que sirva para describir cuán intenso, cuán importante, cuán maravilloso fue algo que para el resto de los mortales pasaría por un hecho normal. Así, si por error, una de estas personas entró a un teatro, la obra tiene dos posibilidades: ser demasiado buena o ser demasiado mala. Parece una suerte de manual de la bipolaridad.

Sin embargo, la ignorancia no conoce límites y a veces podemos escuchar frases como “estaba demasiado muerto”, “demasiado enamorada” o “demasiado drogado”.

El “demasiado” ha venido a complementar, cuando no a suplantar al “súper” que en su momento fue la quintaesencia de lo superficial. Frases como “me parece súper importante” o “es súper tierno” son una muestra más de cuán valioso puede ser algo o cuán desagradable: “súper asqueroso”. Súper loco, divertido, caro, exagerado, bueno, malo, espantoso o aburrido son combinaciones idiomáticas valiosísimas a la hora de contar cómo fue lo que pasó.

De la misma forma encontramos el “Y yo…” seguido de una expresión boquiabierta. Con este actuar se pretende mostrar estupefacción, impavidez o incredulidad ante un hecho casi inexplicable. Por lo general presenciamos estas escenas cuando una mujer le cuenta a otra(s) sobre una respuesta inapropiada de un lance, el novio o de alguna chavala “estúpida” que la dejó sin palabras.

No es menos importante el “¿Ok?” que a la sazón se pronuncia “oquéi”. El que vaya entre signos de pregunta es para darle el tono dramático al final de una oración y ha de ir acompañado de un gesto facial equivalente al de “¿me entendés, estúpido? Su uso es común en casos tan relevantes como “Llegué a la casa y el mae me había dejado como mil recados ¿Ok?”.

La frase anterior nos lleva a las hipérboles, es decir a ponerle números casi inexistentes a cada cosa que suceda más de una vez y que en apariencia deba irritarnos. Así, si una persona manda tres mensajes de celular en el día “Esa mae me está acosando, me ha mandado como un millón de mensajes.”

Parece que el enojo, la furia o la frustración (queda para l@s psicólog@s) es el eje emocional de este tipo de expresiones. Por eso “no lo soporto” es una frase que debe formar parte del vocabulario especializado en adolescencia. Es probable que una chica haya tratado a otra durante cinco minutos, pero ese tiempo es suficiente para decir “no la soporto”. Nuevamente, el blanco y negro.

Otra forma gramatical importante que sirve para materializar la histeria adolescente de las capas medias y altas es el ya muy reconocido y altamente infame “o sea”. Se lo puede usar solo o combinado con palabras. Sirve para hacerse el sorprendido, el asustado, el ignorado, el decepcionado, el alegre y una cadena de sentimientos adicionales prácticamente inagotables.

También se usa para preguntar, enfatizar, negar, afirmar y hasta para llorar. El “o sea” ha pasado de ser una muletilla para convertirse en una especie de silla de ruedas idiomática que es empujada por la pobreza generalizada de nuestro vocabulario.

Al final aparecen las expresiones en inglés que le dan ese “touch” tan “cool” a lo que estamos diciendo, aunque nadie tenga ni “fucking idea” de lo que queremos decir.

Detrás viene el “¿Hello?” o “jelou” que entre signos de pregunta hace una clara referencia a la ignorancia de la otra persona. Así, si algún día alguien nos dice “o sea ¿Hello?” podemos tener la certeza de que no hemos sido capaces de entender algo verdaderamente obvio, lo que por demás nos gradúa automáticamente como idiotas, suma cum laude.

Entonces lo importante no es lo que contamos, sino cómo lo contamos. Lo valioso es hacer parecer nuestra existencia como superlativa, como sacada de los 4 Fantásticos, aunque en realidad nuestra vida sea plana y monótona. Parece que el idioma también tiene sus drogas para que la gente pueda sentir un “jai” que dura lo insípido de sus torpes historias.

Y yo… o sea, in short, lo que no soporto es esa costumbre de polarizar demasiado todo lo que se dice como si fuera súper importante ¿Ok? Y lo que más me friquea es que hay un montón de cosas más que de fijo me estoy súper olvidando, o sea… nada que ver, “diy” sorry.

* Originalmente publicado en redcultura.com

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Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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