¿Qué hace usted por acá?

¿Qué hace usted por acá?
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De repente la luz se moderó y ya se podían ver algunas caras familiares. Algunas eran de quienes esperaban con alegría, la de los otros eran más de resignación y dolor. De todos modos había una cierta expectativa, no todos los días llega alguien tan famoso.

El lugar es pasmosamente blanco con almas por todos lados y de fondo la música de Ray Conniff ameniza el ambiente creando una atmósfera de relajación total. En realidad no es como se lo imaginaba, pero efectivamente es tranquilo. Y parece haber una cierta armonía. No hay cantos gregorianos, ni angelitos en pelotas, tampoco nubecitas, pero realmente es un lugar tranquilo.

Tampoco hay un fogón con gente gritando, lo que descarta el peor de sus temores.

De repente la tranquilidad del arribo se ve interrumpida por Gonzalo García, antiguo compañero de armas: “Mi General es una alegría que esté por aquí”. “¿Por qué no te vas a la puta que te parió?” contestó un desaparecido que apareció de la nada.

“¡Shhhhh!” respondieron propios y extraños ante el exabrupto y el desaparecido volvió a desaparecer entre los demás conciente de la magnitud de blasfemia pronunciada y sus consecuencias. Por un instante un silencio de esos que dejan a cualquiera como si se le saliera el aire de golpe.

La tranquilidad ahora cambia por horror. Por todos lados se ve gente decente sí, pero muchos comunistas, 3200 de los cuales el mismísimo General creía haber despachado directo al infierno.

“No entiendo, García.” Dijo el General recién llegado como si estuviera en medio de una pesadilla pasada por formol. “¿Cómo es que los marxistas también están acá? ¡Deberían estar en el infierno! ¿Qué clase de Cielo es este que tiene espacio para los comunistas que renegaron de Dios?, ¿Para esto fue que se luchó tanto, García?, ¿Cómo es posible que estos tengan el mismo estatus que nosotros?”.

Antes de que siguieran las preguntas incómodas, Reagan se acercó al oído del General y en perfecto español le dijo: “Dejá de preguntar estupideces que en el Cielo no hay preferencias políticas”.

“General parece que las cosas no eran como las pintaron”, reafirma García algo incómodo por la situación. Hay que comprender que los que vienen de allá no tienen ni la más peregrina idea de cómo funciona la vida después de la muerte y, a veces, asumen cosas que solo existen en sus creencias, pero no en la vida real.

Al General no le entraba: “¿Cómo?, ¿Y la verdad revelada? Y ¿Dios, Patria y Familia?”. “No mi General, parece que esas cosas las inventamos nosotros y aquí funcionan con otro esquema”, dice con cierta resignación José María Escrivá mientras saluda a este recién llegado, que a la sazón es uno de sus seguidores más ilustres. “Entonces ¿Qué hacen todos acá revueltos?, no entiendo”.

“Mire General las cosas no son en blanco y negro (al menos para la burocracia celestial). Los comunistas tienen los mismos derechos que nosotros a estar aquí según dice Dios. Parece que lo de la misericordia sí es cierto. Ahora, lo bueno es que los ateos esos se la han tenido que comer amarga, porque el solo hecho de estar aquí los obliga a aceptar que Dios existe: usted no sabe lo conflictuado que está Marx. Lo peor es que Dios ni lo determina. Bueno, en general no determina a ninguno de los que estamos aquí.” Termina de aclarar las cosas García.

Entonces al General se le aflojaron los esfínteres celestiales porque vio a un fantasma. Era una imagen que había enterrado anónimamente, una figura que espantaba por el solo hecho de estar ahí. El horror del pasado se apodera de él, siente como el alma se estremece de culpa, de odio, de miedo, de cualquier cosa.

“¿Qué hace usted por acá? Usted debería estar en otra parte” dijo el General recién llegado. “Eso es lo que digo yo”, responde el residente con más indignación que sorpresa.

“Así que se escapó por una hendija… ¡hay que tener suerte carajo!” Soltó el Expresidente residente con bronca añejada por los años. “Yo no me escapé por ningún lado. Era mi turno y salí por dónde me dijeron. Si por mi hubiera sido todavía estaría allí.” Dijo el General.

“No creo”, responde el Expresidente, “si usted hubiera tenido un poquito más de honor se habría quedado para que por lo menos lo juzgaran. En todo caso la historia y la gente, en sus propios fueros, le han juzgado. Usted no es más que un miserable asesino.”

Para entonces la entrada estaba repleta de almas que llegaban a ver qué pasaba. No se había armado una bronca tan grande desde que Brezhnev, con tres botellas de Vodka imaginarias encima, recibió a las puteadas a Ronald Reagan.

Los desaparecidos, militantes, los dirigentes de izquierda, los gays y las falanges españolas encabezadas por el Che Guevara se habían colocado a la izquierda de la puerta justo atrás del Expresidente que encaraba al General. Al frente estaba el General respaldado por amigos, familiares, Chicago Boys, varios agresores domésticos y justo atrás Franco, Hitler, Jane Kirkpatrick y Musolini como guardaespaldas.

En el medio quedaban otros espectadores que no calzaban en ninguno de los dos bandos como Stalin o estaban muy ocupados pensando en sus propias culpas como para poner atención a las ajenas, que era el caso de Nixon.

Aquí el tema de los enfrentamientos es pura pantomima porque nadie tiene un cuerpo con el cual darse de trompadas. Sin embargo, las brocas se resuelven con el alma.

De la parte de atrás de la multitud venían los gritos más horrorosos “Por usted mi familia vive en angustia desde hace treinta años”. “Yo no descanso del miedo que tengo a que usted y su gente me vuelvan a torturar” dice una mujer embarazada.

Parece que el General se tiene que enfrentar a sus fantasmas, igual que el Expresidente que directamente lo señala “Usted es un traidor, mentiroso, asesino y corrupto.” “Yo asumí toda la responsabilidad política, no me arrepiento de nada. Hice lo que tenía que hacer”.

“¿Matar a tanta gente, empobrecer a tantos y odiar tan ciegamente era su misión en la tierra?” Devuelve el Expresidente. “El país estaba en caos y yo…” “y usted nada. Usted junto a la CIA, las empresas norteamericanas, al maricón de Nixon y otros tantos crearon el desastre más salvaje que ha visto un país.”

“¡Hey Salvador pensé que eso ya lo habíamos superado!” dice Nixon desde atrás como quien no quiere la cosa. “Disculpá pero es que a este se la tengo jurada. A vos ya te perdoné”. “¿Cómo que lo perdonó? ¿Nixon usted también hizo las paces con este comunista?”. “No me joda – abunda Nixon – que estoy pensando en todas las cagadas que me mandé en mi vida y la de Chile es de las pocas que he podido superar. Si supiera la fila de líos que tengo con Vietnam ni siquiera me estaría molestando”.

Ahora el General no entiende nada. “¿Cómo? ¿Se arrepiente de Vietnam?” “Seguro, si después de venir aquí entendí cómo son las cosas. Mandé a matar a tanta gente con tal de que algunas empresas norteamericanas se hicieran más ricas. La verdad es difícil existir con eso.”

“Se da cuenta General, dice el Expresidente, usted no era el mesías ni el ángel de Dios en la tierra, usted es un simple asesino”. “Sino fuera por mí, el país se habría convertido en una república bananera… comunista”. “Se equivoca, la gente habría tenido la posibilidad de sacarme en las elecciones” responde implacable el Expresidente.

“¿Si está tan seguro de la democracia, por qué no dejó que lo capturara?”, atiene a decir el General. “Porque igualmente usted me habría matado a sangre fría”. “¿Entonces por qué no se defendió?” “Porque habría sido incapaz de matar a otro chileno, a otro humano. En todo caso General, usted es el único que me falta. Espero que algún día tenga paz y pueda perdonar y perdonarse. Yo lo perdono.”

De repente el Expresidente se desvaneció lentamente. “¿Qué le pasó? ¿Por fin se fue al infierno?”. “No mi General, aclara García, él va para el Cielo. Acá estamos un tiempo mientras aprendemos a perdonar, a pedir perdón y a dejar de odiar.” “No entiendo, yo hice la voluntad de Dios y ahora tengo que quedarme en este hueco con comunistas y maricones… – ¡Hey! grita Nixon – No lo decía por vos, responde el General.”

“Parece que nos equivocamos de voluntad mi General. Mire, ahí están Hitler, Stalin y un montón más que parece que tienen para largo así que vamos a estar acompañados por mucho tiempo.” “¿Y los desaparecidos?” Languidece el General. “Esos se van a ir pronto, ni bien lo perdonen a usted.” “¿Y el Che Guevara, también tiene que perdonarme?” “No mi General, no todos tienen que ver con usted. El Che está esperando a Fidel. Esa yo no me la pierdo”.

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Advertencia al visitante: Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza. Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector. Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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